Hace poco hablábamos del regreso del anime de Dragon Ball, en los anuncios por su 40 aniversario, pero justo diez años después se estrenó su anime más controvertido, uno que incluso contra todo pronóstico enamoraría a millones de fans. En aquel entonces no todo el planeta podía vivirlo de la misma manera, pero si algo bueno tiene la globalización actual es que la pasión por una obra de arte puede unirnos en el espacio y en el tiempo.
Así pues, treinta años después de aquel 7 de febrero de 1996, es inevitable que todo fan de Dragon Ball quiera regresar a ese día en que Dragon Ball GT apareció por primera vez en las pantallas japonesas. Emitida por Fuji TV y producida por Toei Animation, la serie nacía como una continuación situada años después del final de Dragon Ball Z, pero con una identidad propia: un spin‑off que no adaptaba el manga de Akira Toriyama, sino que exploraba nuevos caminos narrativos y estéticos dentro del universo que tantos habían aprendido a querer. Es lógico que haya quien no quiera tenerla en cuenta de la misma forma que la obra directamente procedente del maestro Toriyama, pero al igual que ocurre ahora debido a su fallecimiento, Dragon Ball es algo tan grande que inevitablemente debía crecer más allá de los límites que puede alcanzar una persona. 'GT' fue una prueba quizás demasiado temprana, pero demostró que el mundo de Goku y compañía sería eterno.
Tras el crecimiento y maduración de los personajes, aquel estreno marcó el inicio de una etapa distinta, con un Goku convertido de nuevo en niño y una aventura que apostaba por el viaje espacial, el humor clásico y una mezcla de géneros que dividió opiniones desde el principio. Con un total de 64 episodios, emitidos entre 1996 y 1997, Dragon Ball GT se convirtió en un experimento valiente dentro de una franquicia ya consolidada, atreviéndose a romper expectativas y a ofrecer arcos tan recordados como la saga de Baby o la de las Bolas de Dragón Definitivas. Romper convenciones era una de sus apuestas, y hay que reconocer que no tuvo miedo.
Para quienes crecieron en España y Latinoamérica, el recuerdo llega con un desfase temporal inevitable, y es que la serie tardó años en cruzar fronteras y aterrizar en las televisiones locales. Ese retraso, lejos de restarle impacto, nos hizo tener aún más ansia. Muchos descubrieron GT en una época en la que el anime se consumía con devoción casi ritual, esperando cada tarde frente al televisor, sin redes sociales que adelantaran sorpresas ni debates instantáneos. Era un tiempo en el que cada transformación, cada villano y cada giro argumental se vivía con una intensidad que hoy resulta difícil de replicar. Si bien hoy tenemos un acceso mucho más directo y sencillo a todo tipo de anime, la pureza con la que se recibía un nuevo capítulo de Dragon Ball es imposible de explicar hoy día.
'Dragon Ball GT' sigue ocupando un lugar peculiar y entrañable en la historia de la franquicia. No fue perfecta, no pretendió serlo, pero dejó huellas imborrables: la figura de Baby como antagonista, la transformación en Super Saiyan 4 convertida en icono, y un final que aún hoy provoca un nudo en la garganta. Su legado se sostiene en la nostalgia, en la música, en la estética noventera y en la sensación de estar viendo algo distinto, algo que casi se sentía revolucionario. Es más rompedor y atrevido de lo que Dragon Ball Super, o incluso Daima, han llegado a ser.
Hay ocasiones en las que no es de rigor coger una perspectiva crítica o analizadora, y simplemente deberíamos celebrar la nostalgia y el recuerdo que aún podemos revivir. Este aniversario es volver a una época en la que el anime se vivía sin prisas, con ilusión y con la certeza de que cada capítulo podía sorprender. Es recordar cómo GT, con todas sus particularidades, logró convertirse en parte esencial del viaje emocional de millones de fans. Y es, sobre todo, agradecerle haber ampliado un universo que sigue creciendo, pero que nunca olvida de dónde viene. Estamos eternamente agradecidos a Toriyama por crear semejante obra, pero hoy toca también dar las gracias a Dragon Ball GT.



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