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Desde sus primeros minutos, 'Return to Silent Hill' deja claro que su director aspira a algo más que a una simple adaptación. Hay una intención evidente de construir lo que el videojuego no pudo, de jugar con los silencios, de explorar el horror desde un ángulo más introspectivo que efectista. Christophe Gans conoce el material con el que trabaja, y sabe usar las herramientas que el cine pone a su disposición, incluso con poco presupuesto. Y es que hay que recordar que hablamos de poco más de 20 millones de dólares. Si bien no termina de ser una obra definitiva, logra tener pequeños destellos de buen cine de terror psicológico, y abre una discusión en torno a cómo adaptar videojuegos.


La puesta en escena, en muchos momentos, se aleja del lenguaje visual del videojuego para abrazar un estilo más propio, que sugiere una lectura personal del universo de Silent Hill, y más cercana al mundo del cine actual. Sin embargo, cada vez que la película parece avanzar hacia ese territorio más libre, más autoral, surge la necesidad de volver a los elementos icónicos del juego. Las criaturas, los escenarios, los giros argumentales que los fans esperan ver. Esa tensión constante termina por frenar ambas corrientes, sin llegar a florecer todo su potencial en ambos campos creativos.


El guion es quizá el terreno donde esta dualidad se hace más evidente. La historia intenta reproducir casi punto por punto la trama del videojuego, lo que provoca que ciertos pasajes se sientan forzados, como si estuvieran ahí por obligación más que por coherencia narrativa. Lo que funciona en un medio interactivo, donde el jugador participa activamente en la construcción del miedo, no siempre se traduce bien al cine, que requiere otro tipo de ritmo y de progresión emocional. En varios momentos, la película parece atrapada en una estructura que no le pertenece, incapaz de romper con ella para explorar caminos más personales.



El reparto, por su parte, hace lo que puede dentro de estas limitaciones. Jeremy Irvine, en el difícil papel de James Sunderland, ofrece una interpretación sólida, contenida, que encaja bien con el tono melancólico y perturbado de la historia y de su personaje. . Sin embargo, el guion no siempre le da espacio para desarrollar plenamente esa complejidad, y en ocasiones su arco se siente más dictado por la necesidad de seguir los pasos del videojuego que por una evolución dramática orgánica. Hannah Emily Anderson tiene una tarea imposible, que es la de representar dos personajes muy diferentes que comparten función en la penitencia de James

El uso del resto de personajes de la obra original es un tanto irregular, permitiendo brillar al siempre espectacular Pyramid Head, interpretado por Robert Strange, y dando poco pero bien usado tiempo en pantalla a Evie Templeton como Laura. Más allá de ellos, el elenco de personajes aporta hilos secundarios relevantes y un poco distanciados del videojuego, pero con conocimiento de causa, tratando de indagar más en el lore de la franquicia. 

Aunque en ningún momento haya algo totalmente fuera de lugar, sí crea algo de fricción, ya que parece que estemos viendo dos películas muy diferentes al mismo tiempo. Una que recopila y adapta material, y otra que tiene libertad creativa casi completa.



Su fotografía, a cargo de Pablo Rosso, es sin duda lo mejor y más indiscutiblemente logrado. La recreación de Silent Hill es atmosférica, opresiva, con una paleta de colores y un diseño de producción que transmiten la decadencia, el aislamiento, e incluso esa claustrofobia que la niebla es capaz de dar en un lugar abierto. Hay secuencias en las que el director demuestra un gran dominio del lenguaje del horror psicológico, pero a menudo se da de bruces con la necesidad, de nuevo, de apegarse al material original. Una y otra vez la película parece debatirse entre su propia visión y la necesidad de replicar imágenes icónicas del juego. Cuando se inclina hacia lo primero, muestra indicios de poder llegar muy lejos, cuando se aferra a lo segundo, parece perder todo su potencial, teniendo que cumplir con una tarea. 


Quizá el mayor problema de Return to Silent Hill es que nunca se atreve a dar el salto definitivo hacia la reinvención, o no puede porque se ha prometido una cosa, que es la adaptación de Silent Hill 2. Y una vez terminada me ha llegado a preguntarme... ¿De verdad queremos una adaptación? Los tres primeros videojuegos de la franquicia han servido como inspiración para tres películas, y en todas las ocasiones lo más interesante ha sido cuando han aportado algo, no cuando se han tenido que limitar a representar lo que el videojuego siempre representará mejor. No son historias convencionales, no es The Last of Us o Super Mario. Quizá sea hora de crear un universo cinematográfico de Silent Hill que no dependa del videojuego, sino que crezca más allá de él. El lenguaje del cine tiene formas propias de tratar historias de terror psicológico, y no creo que imitar al videojuego sea la más acertada. 


'Return to Silent Hill' es una película que parece debatirse constantemente entre dos impulsos opuestos, por un lado el deseo de ser una obra de autor, con una mirada propia y una sensibilidad particular, y por otro la obligación autoimpuesta de reproducir casi al detalle la experiencia del videojuego en el que se basa. 

Ese choque, lejos de resolverse de manera armoniosa, termina generando un resultado híbrido, irregular, que deja al espectador con una sensación agridulce. No es una mala película, pero tampoco una plenamente satisfactoria, es más bien un intento honesto de satisfacer a los fans, pero que nunca termina de encontrar su propio lugar.





¿A quién le importa el ping-pong hoy en día? Bueno, estoy seguro de que a mucha gente, simplemente hay que estar dentro de ese mundillo o cerca de él. De hecho, se siente irrespetuoso llamarlo así, y no tenis de mesa, pero no creo que necesite de esa comparación con el tenis para ser tomado en serio. El caso es que nunca habíamos tenido algo así, una producción de gran calibre (que no una superproducción) que usara el ping-pong como base para su historia. La clave está en que no es una historia cualquiera, ni la protagoniza un actor cualquiera. 


'Marty Supreme' es una anomalía dentro del panorama del cine independiente contemporáneo. Solamente por su presupuesto, unos 70 millones de dólares que parecen haber recuperado en taquilla, ya se sitúa en un territorio inusualmente holgado para una producción del estilo, y es por eso que el trabajo de A24 de los últimos años es tan bienvenido en este terreno. Ninguna gran productora habría apostado por una historia así, y para una compañía independiente es un riesgo difícil de asumir, pero A24 a base de pequeños saltos de fe ha ido construyendo una base, tanto de prestigio como económica, que le permite dar luz verde a locuras como esta. 


Su estilo y estética la mantienen firmemente anclada en la tradición del cine de autor estadounidense, hasta el punto de casi parecer una película de otra época. Dirigida por Josh Safdie y escrita junto a Ronald Bronstein, la película se adentra en un Nueva York de 1952 que nos abruma entre el glamour decadente y la mugre de los callejones, un escenario perfecto para la historia de Marty Mauser, un joven buscavidas obsesionado con el ping‑pong y con la idea de convertirse en una leyenda en un mundo que apenas reconoce su existencia. Y es que en Estados Unidos dicho deporte no era muy tomado en serio en aquel entonces. Timothée Chalamet encarna a este personaje con una obsesión que roza lo febril, y lo hace inspirándose en una figura real poco conocida, cuya vida sirve como columna vertebral emocional de la película, además de su interpretación.




La historia real detrás del personaje de Chalamet es uno de los elementos más llamativos del proyecto. Marty Mauser, o Marty Supreme, como se hace llamar en los círculos clandestinos del ping‑pong neoyorquino, existió realmente, aunque no exactamente como se representa en la película. Adentrarse en esta película sin conocimiento previo es quizá la experiencia más interesante, y aunque no vaya a realizar ningún spoiler, dejar de leer aquí es una buena opción si se quiere disfrutar de la película de una forma más pura. 


Marty Reisman (1930–2012), el verdadero Marty, no era un atleta profesional ni un prodigio reconocido, sino un talento callejero, un jugador autodidacta que se movía entre sótanos, bares y clubes semiclandestinos donde el ping‑pong era más una excusa para las apuestas que un deporte formal. Su figura quedó relegada a los márgenes de la historia deportiva, pero su vida ciertamente era digna de contar en el cine. El guion se basa de forma no oficial en la autobiografía 'The money player;: The confessions of America's greatest table tennis champion and hustler'. Sin entrar a esclarecer las diferencias, para no estropear un posible primer visionado, cabe decir que la película ha sabido tomar elementos reales y convertirlos en una historia más cohesionada, respetando la idea del personaje pero permitiéndose escribir un guion que la audiencia pueda disfrutar en las casi dos horas y media de metraje.


Chalamet, que además figura como coproductor, parece sacado de la escuela de actores de los años cincuenta. Su Marty es un torbellino de energía, un joven que se mueve entre la arrogancia y la vulnerabilidad, entre la genialidad y la autodestrucción. El ping‑pong se convierte en un canalizador de su supervivencia y sus obsesiones.  Su deseo de ser rico y famoso, de cambiar de vida y dejar todo atrás, es un viaje donde el deporte es simplemente un mecanismo que hace girar todo a su alrededor. La cámara de Darius Khondji captura este mundo con una textura granulada que se agradece, que ayuda a sentir la época y el espíritu que rodea aquella vida tan caótica. Realmente da la sensación de estar ante una obra cinematográfica digna de los mejores años del Hollywood clásico.


La música de Daniel Lopatin (Oneohtrix Point Never) abre el escenario visual y en ocasiones parece que estemos viviendo unas olimpiadas, para inmediatamente dejarnos caer y devolvernos a la realidad. Aunque estamos ante una película con nueve nominaciones a los Óscar, es inexplicable que no sean diez, porque su banda sonora es sin duda de lo mejor que ha dado el cine el pasado año. Onírica por momentos, y principalmente basada en sintetizadores, quizás no cumpla con el estándar de gran banda sonora épica, pero es el añadido que 'Marty Supreme' necesitaba para no perderse en el melodrama. Si bien yo soy el primero a quien le habría gustado algo orquestado, con melodías que den personalidad a los personajes, creo que habría resultado en otro tipo de película, y tendríamos que estar ante un drama de rigor, no lo que Chalamet y compañía han querido hacer. 



Una de las sorpresas es Gwyneth Paltrow, que logra hacer creíble una relación imposible, mientras que Odessa A’zion es el ancla emocional de Marty, y bien podría haber estado nominada en todos los premios a mejor actriz secundaria. No en vano, la película está entre las nominadas a la nueva categoría de los Óscar, la de mejor casting, junto a opciones obvias como 'Los pecadores' y 'Una batalla tras otra'. Hay quien puede verlo como un premio de consolación para los actores y actrices que se vayan de vacío a casa. 


La sensación que deja 'Marty Supreme' es la de una obra clásica que a nadie se le habría podido ocurrir. Irónicamente, está nominada en los Óscar a mejor guion original, tales son las licencias que se toma al no ser un biopic oficial ni mucho menos. Han tomado esa chispa de inspiración, que demuestra cómo el mundo está lleno de historias con un valor humano que a veces olvidamos, y han creado una de las mejores películas no ya del año 2025, sino de las últimas décadas. A priori puede parecer un escaparate para que Timothée Chalamet se luzca, lo cual consigue porque podemos estar ante la mejor interpretación de su carrera; pero poco a poco va tomando forma y el conjunto deja un reflejo del cine hecho con buen gusto, por amor al arte de las imágenes en movimiento. Más allá de los premios y los reconocimientos de la crítica, 'Marty Supreme' es una película que crecerá con el tiempo, que no se sirve de artificios ni temáticas esporádicas, ya que simplemente es una historia muy humana y muy bien contada.





Hay algo casi imposible en esa brutal parte de la industria que es el mundo de Hollywood, y es hacer un regreso por la puerta grande. Pero más difícil aún es volver para quedarse. Y parece que eso es lo que ha logrado Brendan Fraser, que tras reaparecer con 'La ballena' de tal forma que incluso consiguió el Óscar, ahora protagoniza algo totalmente diferente, pero prácticamente igual de encomiable. 


La historia sigue a Phillip Vandarploeug, interpretado por Fraser, un actor estadounidense que lleva años intentando abrirse camino en Japón sin demasiado éxito. Su vida da un giro inesperado cuando acepta trabajar como "familiar de alquiler", sí, tal como suena. Encarnando distintos papeles para clientes que buscan llenar vacíos emocionales o cumplir expectativas sociales, esta premisa, que podría haber derivado en una comedia ligera o en un drama excesivamente lacrimógeno, encuentra en 'Rental Family' un equilibrio admirable entre la emotividad contenida y la observación cultural. 

La directora Hikariel pseudónimo de Mitsuyo Miyazaki, cuya trayectoria se ha desarrollado entre Japón y Estados Unidos, imprime esa experiencia a la película, con una sensibilidad híbrida que combina con mucho éxito la introspección del cine japonés con una narrativa más accesible y cercana al público occidental. 


Enseguida nos damos cuenta de que 'Rental Family' se presenta como una obra profundamente humana que, desde su aparente sencillez, ofrece una mirada privilegiada a la sociedad japonesa contemporánea y a sus silencios emocionales. 

Uno de los mayores aciertos del filme es su capacidad para mostrar Japón desde dentro, sin exotismos ni artificios. La cámara recorre Tokio con una mezcla de fascinación y respeto, revelando tanto su modernidad vibrante como sus rincones más íntimos. Las luces de la ciudad, los espacios reducidos, los silencios en las conversaciones y la rigidez de ciertas normas sociales se integran en la narración como elementos que moldean la vida emocional de los personajes. La película no se limita a retratar un país, sino que invita al espectador a comprenderlo desde la experiencia cotidiana, desde la necesidad de pertenencia y desde la presión por encajar en una sociedad que valora la armonía por encima de la expresión individual.



Brendan Fraser ofrece aquí una de las interpretaciones más delicadas de su carrera reciente. Lejos de buscar el dramatismo fácil, construye un personaje vulnerable, introspectivo y profundamente humano. Su Phillip es un hombre que observa más de lo que habla, que se mueve con torpeza entre códigos culturales que no termina de comprender, pero que encuentra en su trabajo una forma inesperada de conexión. 

Junto a él, Mari Yamamoto y Takehiro Hira aportan matices culturales esenciales a la historia. Yamamoto encarna a una mujer que, pese a su aparente fortaleza, trabaja en la misma agencia para sostener una fachada social que cuesta mantener en privado. Su interpretación es sutil, llena de silencios significativos y miradas que revelan más que las palabras. Hira, por su parte, es una presencia sobria y elegante, y trae consigo una parte esencial para comprender la historia al completo. Ambos actores contribuyen a que la película funcione como un mosaico de soledades entrelazadas, donde cada personaje refleja una forma distinta de lidiar con la desconexión afectiva


La rareza de 'Rental Family' reside en su capacidad para unir mentalidades y sensibilidades muy distintas en una historia profundamente japonesa. La mirada extranjera del protagonista se convierte en un puente para el espectador occidental, mientras que la dirección de Hikari mantiene intacta la esencia cultural del relato. Esta combinación da lugar a una obra que, sin renunciar a su identidad nipona, resulta accesible, emotiva y universal. La película aborda temas como la soledad, la necesidad de pertenencia, la fragilidad de los vínculos y la búsqueda de autenticidad en un mundo que a menudo premia la apariencia. 

Lo mejor de la forma de dirigir y narrar la historia es que se caracteriza por un ritmo pausado, casi meditativo, que permite al espectador sumergirse en la atmósfera y realizar una labor introspectiva que a menudo el cine actual no permite. La fotografía, que alterna entre la calidez de los interiores y la frialdad luminosa de Tokio, refuerza esta dualidad entre intimidad y aislamiento. 


Obviamente es necesario tener cierto interés en la cultura japonesa, o al menos ser capaz de ser receptivo hacia ella. Solamente con ese requisito, cualquier debería poder disfrutar de 'Rental Family' como un viaje inesperado hacia la búsqueda de nuestra identidad y verdad en la vida, sin grandes artificios, con una simpleza que quizás ayude más que ningún discurso grandilocuente. 




La carrera de Paul Thomas Anderson siempre ha sido una de las más fascinantes de Hollywood, y es que su personalidad única como cineasta ha estado fuera de duda desde sus inicios, y no ha fallado en ninguna ocasión. 


Desde 'Magnolia' hasta 'Pozos de ambición' y 'Licorice Pizza', su cine es una mezcla de ambición formal, que puede arrasar en las temporadas de premios, una profunda atención al detalle y un pulso emocional que convence a los críticos, y un gusto por las grandes historias que llega al gran público. Anderson ha hecho del ritmo, la composición de planos y el uso de la música herramientas para crear experiencias cinematográficas que exigen al espectador tanto como lo entretienen, y con 'Una batalla tras otra' vuelve a reafirmar ese estilo inconfundible que lo caracteriza.


En ella, nuestro viaje es a través de varios personajes atrapados en un clima de tensión política, violencia estatal y auge de grupos extremistas. A través de una historia de idealismo, traición y resistencia, se nos muestra cómo la inmigración y la lucha colectiva se convierten en el centro del conflicto, y lo hace mezclando acción, sátira y crítica social. Todo ello en una película que se siente como si de una gran odisea se tratase, a pesar de permanecer con los pies en el suelo, con la cámara como si fuera un personaje más entre personas normales y corrientes.



En 'Una batalla tras otra', el reparto es, innegablemente, parte esencial del magnetismo de toda la cinta. Con Leonardo DiCaprio al frente, acompañado de Benicio del Toro, Sean Penn, Regina Hall, Teyana Taylor y Chase Infiniti, la película aprovecha la versatilidad de sus intérpretes, exprimiendo lo mejor de ellos, para navegar de la comedia negra al drama sin perder un pulso narrativo que es de constante tensión.


DiCaprio ofrece una interpretación llena de matices que sólo un actor en plena madurez puede dar, mientras que Taylor ha sorprendido a todos, hasta el punto de ser reconocida con un Globo de Oro a Mejor actriz de reparto. Benicio del Toro tiene un magnetismo que pocos actores son capaces de igualar, y en muy poco tiempo de pantalla se convierte en insustituible. Sean Penn sencillamente brinda una de las mejores interpretaciones de su extensa carrera. Algo tiene Thomas Anderson, porque siempre es capaz de reunir un buen elenco de actores que a priori parecen incompatibles, y conseguir que el resultado sea inmejorable. 


Estrenada este pasado 2025, 'Una batalla tras otra' parece una película de otra época, rodada con un estilo clásico y mucho más atemporal que otras cintas con una fotografía impoluta, véase el 'Frankenstein' de Guillermo del Toro, que puede llegar a sentirse puro CGI, a pesar de que la mayor parte de lo que vemos es físico y real. La estética desafía lo que se lleva ahora, por así decirlo, pero no es sólo eso. Es su humor, su crítica sin sermones, y su forma de intentar exponer un relato más complejo que una película de buenos y malos. Es una película de autor, a pesar de tener a Warner Bros detrás, y de ser una gran producción. El guion, inspirado en la novela Vineland, de Thomas Pynchon, está cargado de citas memorables y momentos que ya son historia del cine. Ahí juegan un papel importante las interpretaciones, pero es el conjunto lo que permite brillar a la historia. Son más de dos horas y media, y no hay ni un minuto que sobre o se sienta mal aprovechado.



Cuesta encontrar puntos débiles cuando se trata de una obra con las aristas tan bien medidas. Hay quien podría decir que su discurso peca de difuso, porque no poca gente prefiere tomar discursos sencillos y directos, sin demasiado que meditar. En los personajes y la trama que plantea Thomas Anderson hay un poco de muchos aspectos de la cultura occidental actual, por no decir del mundo en general. Pero es sobre todo un reflejo de la visión que muchas personas normales y corrientes tienen de las dificultades y problemas cotidianos a los que nos enfrentaremos cada día más, si no somos capaces de tomar otro rumbo. 


Sobra decir que es una de las favoritas de la temporada de premios, por méritos propios. Lideró las nominaciones a la 83ª edición de los Globos de Oro con nueve candidaturas, entre ellas Mejor película comedia o musical, director, actor y actriz, y terminó convirtiéndose en una de las grandes triunfadoras de la noche al ganar cuatro trofeos, incluyendo Mejor película de comedia o musical, Mejor dirección y Mejor guion, además del galardón para Teyana Taylor


En los Premios Óscar 2026, la cinta ha sido nominada en múltiples categorías relevantes como Mejor película, Mejor director, Mejor actor, Mejor guion adaptado y otras categorías técnicas clave, consolidando su posición como una pieza central de la temporada. Lo tiene todo para terminar siendo recordada como una de las películas más importantes del año, más allá de juicios personales. Paul Thomas Anderson simplemente no es capaz de hacer mal cine, ni siquiera poco brillante. Su firma sigue teniendo el mismo brillo de siempre. 






Nunca es fácil sacar adelante una película de género que flirtee lo más mínimo con el terror. En su cuenta de Instagram, Ilona Six, productora de 'El ciempiés humano', explica cómo consiguió vender la idea para recaudar la financiación necesaria. Aunque a los fanáticos del género les pueda resultar sorprendente, la mayoría de la audiencia no encuentra apetecible las vísceras, ni los sustos, ni ver una sucesión de muertes en pantalla. A veces, en el discurso para intentar vender una película a quienes van a poner el dinero para hacerla, hay que omitir en la medida de lo posible toda referencia a ideas radicales, como el gore y derivados. No creo que Ryan Coogler tuviera que llegar al extremo de Ilona Six, pero seguro que se guardó más de un as en la manga, porque su película no está cortada por el mismo patrón que la mayoría de producciones de Hollywood. 


Apoyado en una Warner Bros que no está para arriesgar demasiado, es casi un milagro que Coogler consiguiera contar con 90 millones de presupuesto para un proyecto tan personal como es 'Los pecadores'. Es un director y guionista que hace apenas una década pertenecía a la escena independiente, y junto a Michael B. Jordan obtuvo reconocimiento con el drama urbano 'Fruitvale Station'. Poco después ambos se encargarían de dar una nueva vida a la franquicia 'Rocky', de Sylvester Stallone, comenzando la saga de películas 'Creed', que a día de hoy ya va por su tercera entrega. Para terminar de consolidarse en el panorama de las grandes producciones norteamericanas, se embarcaron de nuevo como actor y director en uno de los proyectos más importantes de Marvel, 'Black Panther' y su secuela. Dicha colaboración ha sido un éxito en todos los sentidos hasta ahora, y seguramente ha sido el motivo por el que Warner Bros ha decidido no sólo apostar por Coogler y Jordan, sino acordar con el director un contrato que le permite conservar los derechos de su obra, algo propio de cineastas muy consolidados. 


La idea detrás de 'Los pecadores' está profundamente marcada por alegorías y menciones directas hacia el racismo en Norteamérica y grupos como el Ku Klux Klan. No se esconde ni lo deja caer con sutileza, pero eso tampoco le impide centrarse en la historia de ficción que propone. Quien sea fan de 'Abierto hasta el amanecer', aquí tiene una cita asegurada. Por supuesto que el estilo narrativo es totalmente diferente, pero la basa del guion es muy similar. Es una cinta de vampiros que tiene lugar a lo largo de un día y una noche, principalmente. Sin embargo, el protagonismo recae sobre los hermanos Smoke y Stack, además de su familia y amigos. 



La primera sorpresa es que Michael B. Jordan se ha metido en un reto del que no todos suelen salir airosos. Interpreta a ambos hermanos protagonistas, dejando a Ryan Coogler las peripecias detrás de la cámara para lograr tal efecto, y está brillante en todo momento. Son dos personajes bien definidos, gemelos que incluso teniendo al mismo actor detrás tienen su personalidad propia y no llegan a confundirse. Semejante actuación, además de la dirección de Coogler, que es impecable en todo momento, y la vuelta de tuerca al tema de los vampiros, ya deberían ser motivos suficientes para verla obligatoriamente, pero no es todo lo que 'Los pecadores' tiene para ofrecer.


Miles Caton, un músico independiente sin experiencia profesional en el mundo del cine, toma el rol de tercero en discordia, junto a los dos personajes de Michael B. Jordan. Normalmente esto sería un desequilibrio en el casting, ya que podría notarse la falta de experiencia más de lo normal, pero por algún motivo, no sabemos si el veterano compañero ha servido de mentor o cuál ha sido el procedimiento, lo cierto es que Caton logra convencer hasta el punto de ser un claro candidato en la carrera de premios anual. Es sin duda uno de los actores revelación del año, y da pie a otra faceta importante de la película: la música


No es un musical en sí, pero hay varias escenas donde el peso de la narrativa recae en la música, llegando a tener un momento culmen que es una clase magistral de dirección y escenografía. Si no fuera por el fenómeno de 'Las guerreras K-pop', estaríamos hablando de el momento musical del año. Esto es sin duda el mayor aporte al género, incluso por encima del tema social, que ya ha sido explorado por otros directores importantes, como Jordan Peele. En este sentido, el actor británico Jack O'Connell pone su granito de arena, pero sobre todo destaca por crear un villano único dentro de un sistema tan trillado como es el de los vampiros. El guion hace uso de trucos clásicos, y no reinventa el género en cuestión, pero sabe ejecutar sus pequeñas aportaciones como pocos lo han hecho en las últimas décadas. 


El reparto está plagado de actuaciones que bien podría merecer sus premios individuales, y es de rigor mencionar a Andrene Ward-Hammond, Saul Williams y la inconfundible Li Jun Li. A todo este grupo actoral se suma Hailee Steinfeld, que necesitaba un papel como el que tiene en 'Los pecadores', tras años y años de pasar a un segundo plano. Y es que cabe recordar que hablamos de aquella joven vaquera de 'Valor de ley', el remake de los Coen de 2011, un trabajo por el que ya fue nominada al Óscar a mejor actriz secundaria, con apenas quince años. Su interpretación en la cinta de Coogler podría suponerle la vuelta al primer plano de Hollywood, incluso sin necesidad de grandes nominaciones a los premios más codiciados. 


Y es que tanto Hollywood como la industria en general, e incluso buena parte del público, como decíamos al principio, no es muy receptiva al género en el que se mueve 'Los pecadores'. Es por eso que quizás sea hora de empezar a hablar de las bondades de películas de este estilo sin necesidad de situarlas en un rincón del cine, aunque resulten en un incentivo para que las productoras se atreven a apostar por este estilo concreto. Sobra decir que, obviamente y de forma inevitable tras dejar claro dónde encaja la película, tiene escenas y temas que pueden resultar sensibles para muchas personas. 


Su talón de Aquiles es tratar de reunir muchas intenciones muy distantes en poco espacio y una trama relativamente sencilla. Es como intentar crear una obra grandilocuente en un marco que puede sentarle pequeño. Trata de ser una película para un público "serio", pero ese sector puede levantarse del asiento en cuanto entienda de qué va realmente el guion. Es cine de una ejecución casi perfecta, y con un gusto muy concreto, que se la juega todo a tener fe en que seas receptivo a sus ideas principales. 'Los pecadores', por su aportación al género, su dirección brillante, el uso de las herramientas musicales y un reparto inmejorable, es una de las películas de 2025.



No todos los directores de cine logran tener una identidad propia, con una filmografía que puede reconocerse de lejos. El caso de Guillermo del Toro es excepcional. Su notoriedad comenzó a principios de los noventa, con Cronos, que ya le introducía en el mundo del terror y jugaba con el vampirismo, además de iniciar su relación profesional con Ron Perlman, quien se convertiría en su Hellboy, en las dos películas que consolidaron su fama internacional, allá por mediados de la década de los 2000. En España, obviamente, su trabajo más querido y recordado siempre será El laberinto del fauno, que obtuvo 13 nominaciones a los Goya en 2007, llevándose 7 estatuillas a casa. Hablar de la extensa carrera del director y guionista mexicano es hablar de monstruos, todo tipo de formas de terror y fantasía. Su lista de colaboraciones es imposible de encuadrar en pocas palabras, yendo desde participar en el guión de las adaptaciones de El Hobbit, de Peter Jackson, hasta la dirección junto a Hideo Kojima en el videojuego P.T. 


Hay que tener toda su carrera en cuenta porque, de una forma u otra, el Frankenstein del que hoy hablamos es fruto de toda esa trayectoria. Y es que en varias ocasiones ha dejado claro Guillermo del Toro que ha estado preparándose para este momento toda su carrera, así que la pregunta es necesariamente si ha estado a la altura o no. La respuesta corta es sí, la respuesta larga es la que hemos venido a responder. 


No me atrevería a llamar a esta película "adaptación" sin más. El público general hoy día, desgraciadamente, no habrá leído la obra original de Mary Shelley, y eso hace que sea más difícil saber lo que la audiencia espera. Frankenstein es un nombre que pertenece ya a la cultura popular, pero habitualmente esto lleva a que sea tergiversado. No vamos a entrar en la cuestión de que siempre habrá quien piense de antemano que es el nombre de la criatura, y no del científico que le da vida. Que sea algo tan conocido pero a su vez tan mal conocido, es lo que permite que Guillermo del Toro pueda haber tomado una decisión arriesgada: reescribir la obra de Mary Shelley.



Pareciera que del Toro se haya sentado con Byron, Polidori y Shelley en Villa Diodati, en aquel lejano 1816, para alimentarse de su espíritu romántico y proponer su propia visión, personal y cercana que encaja con su carisma como guionista y director. Todos los personajes pasan por una reescritura casi completa, y quedan elementos básicos, además de escenas que antes no se habían usado, quizás precisamente porque nadie había contado esta historia de la forma en que a Guillermo del Toro le interesaba. Estamos ante un drama familiar, humanista y alejado del punto de vista que podría tener Shelley en su época y circunstancia, por lo que tiene todo el sentido del mundo que del Toro no intente hacer lo que ella hizo, sino tomar su espíritu e intentar crear algo más honesto consigo mismo. 


Oscar Isaac es su Víctor, uno que ahora tiene mucho más trasfondo y una historia familiar compleja, que explica por qué es un científico atormentado por la idea de la muerte. Villano involuntario de su propia historia, el Víctor de esta reescritura es víctima de sus traumas y complejos, atado a un narcisismo que le lleva a rozar la locura, un estado mental que Oscar Isaac representa a la perfección, hasta el punto de crear un personaje absolutamente verosímil. Su contraparte, la criatura, interpretada por Jacob Elordi, es el tipo de actuación que deberá ser reconocida en la temporada de premios. Siempre se habla de que el esfuerzo físico que supone una transformación de maquillaje tan completa, llegando a necesitar 12 horas diarias de preparación, suele impulsar las candidaturas; en este caso, eso es lo de menos, el premio está en que Elordi ha sabido trasladar una nueva delicadeza a una criatura que ya habíamos visto en multitud de ocasiones, y pertenece a un imaginario colectivo, pero que nunca habíamos visto así. 


La criatura de Guillermo del Toro es más humana que los propios humanos que la rodean, y es el catalizador de un mensaje de entendimiento y comprensión entre huamanos que a día de hoy es más necesario que nunca. Inspirada en la estatua de San Bartolomé, en Milán, es una criatura a la que vemos en carne viva, como si estuviera desollada, y que produce una sensación que nunca antes había sido transmitida en una obra de Frankenstein. Nadie puede comprender el dolor que debe llevar consigo, en un mundo donde sólo tiene a su padre, y éste representa la violencia de la incomprensión y el maltrato. A veces parece que el mundo es un lugar en llamas donde todo son batallas y discusiones, y esto unido a la desconexión de nuestro lado humano que las nuevas tecnologías están trayendo, consigue que nos hayamos olvidado de algo esencial: comunicarnos.


El personaje de Elizabeth, que no tiene prácticamente nada que ver con la Elizabeth de Mary Shelley, cobra vida gracias a una Mia Goth que no deja de crecer en cada trabajo que hace. También interpreta, y no por casualidad, a la madre de Víctor. Este es un cuento familiar, un melodrama mexicano, que decía Oscar Isaac. Y en ese sentido, toda la película gira en torno al trauma familiar del doctor Frankenstein, que une todas las piezas a través de la muerte de su madre, su relación con su padre, su maltrato hacia la criatura, quien es su hijo, y Elizabeth, quien representa el amor que él una vez tuvo pero no puede volver a él, no en ese estado mental. 




La escena de Frankenstein despertándose tras crear a la criatura, pensando que ha fracaso, para encontrarse con ella a los pies de la cama, es el momento decisivo en el que se decide el destino del doctor. Ese halo de esperanza, como si hubiera podido dar a luz al hijo que curará sus heridas paternales, es el único momento en que parece recobrar la ilusión. Sin embargo, la falta de un entorno comprensivo y que alimente esa ilusión, le hace imposible cambiar su destino. 


Quizás Netflix haya "sobreproducido" unos efectos especiales prácticos que no necesitaban tanto retoque y postproducción, y la cinta se hubiera beneficiado de un estilo más "sucio" y real. A su favor, hay que reconocer que la mayoría del público disfrutará más de ese estilo impecable que rodea a toda la estética de la película, y que sigue al pie de la letra el espíritu romántico, entre la fantasía y lo lúgubre, de Guillermo del Toro. Cargada de simbolismo en su diseño de producción, llegano incluso a homenajear al gran Stanley Kubrick y su inabarcable Barry Lyndon. Es imposible no reconocer que la magnitud de esta película habría sido imposible sin una gran financiación detrás, y pocos o ningún estudio habrían corrido el riesgo con una distribución clásica.


Desde el momento en que se desmarca de la obra original para crear la suya propia, juega en otra liga, y consigue ganarla por goleada. Es una representación de Frankenstein imposible de copiar, que nadie más podría haber hecho, y que aporta al cine actual un mensaje y un valor que vencerá al paso del tiempo